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Vida


Anna Francesca éste era su nombre de bautismo nació el 6 de octubre de 1888 en Bréndola, en las colinas Béricas, y pertenecía a una familia de campesinos. A los 16 años entró en el Instituto de las Hermanas Maestras de Sta. Dorotea Hijas de los Sagrados Corazones y el 15 de octubre de 1905 vistió el hábito religioso con el nombre de María Bertilla.

 

 

Terminado el primer año de noviciado, fue destinada al hospital de Treviso, donde regresó después de la profesión religiosa celebrada el 8 de diciembre de 1907. La primera guerra mundial fue como un paréntesis en la vida de la Santa porque Sor Bertilla permaneció al servicio de los enfermos del hospital de Treviso hasta su muerte.

 

Vivió la caridad en grado heroico, como encarnación del ideal que el Fundador había transmitido a su Instituto.

 

Se consumió al servicio de sus hermanos, los enfermos, ofreciéndose al Señor sin medida. Ella expresó así la naturaleza profunda de su respuesta vocacional: un corazón rebosante de amor. El médico, jefe de una sección del hospital y no creyente, al dejar la habitación donde ella estaba agonizando, repetía a quienes se encontraba: “allá arriba está muriendo una santa”.

 

Sor Bertilla murió a los 34 años en la tarde del 20 de octubre de 1922. Sus últimas palabras dirigidas a la superiora general fueron: “Diga a las Hermanas, que trabajen solamente por el Señor, que todo es nada, todo es nada

 

De una manera inexplicablemente veloz, se difundió la fama de su santidad. Pronto se iniciaron y se multiplicaron las gracias y los milagros obtenidos por su intercesión. En 1925 se dio inicio al proceso informativo sobre sus virtudes y el 8 de junio de 1952, Sor Bertilla fue proclamada beata por el Papa Pío XII. El 11 de mayo de 1961, Juan XXIII la proclamó Santa

 

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Oración


Te invocamos, humildísima Santa María Bertilla, casta flor crecida entre las sombras del calvario, que exhalaste el perfume de tus virtudes, únicamente en la presencia de Dios, para consuelo de los hermanos que sufren; alcánzanos del Señor tu humildad y caridad, que tanto le agradaron y esa llama de purísimo amor en que te consumiste.

Enséñanos a cosechar frutos de paz en la perfecta entrega a nuestros deberes y merecer por tu intercesión, la gracia que necesitamos y el premio eterno en el cielo amen.

(Tres Gloria al Padre)  

               
               
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